INTRODUCCIÓN
Con la pandemia, el teletrabajo dejó de ser una opción minoritaria para convertirse en norma de un día para otro. ¿Ha llegado para quedarse? La respuesta depende, en gran medida, de la actividad productiva: como recuerda el economista John Muller al hablar de la «economía de la aglomeración», hay trabajos que ganan cuando las personas comparten espacio y otros que apenas lo necesitan.
El teletrabajo tiene ventajas evidentes —el ahorro de desplazamientos es la más citada—, pero conviene mirarlo con criterio profesional. En el Trabajo Social nuestra experiencia es clara: la intervención exige relación humana presencial. A distancia se pierde el calor de las miradas, la gestualidad, la relación de confianza, el roce cotidiano que sostiene el vínculo con la persona atendida.
No es una impresión aislada. El Dictamen de la Comisión Deontológica del Consejo General del Trabajo Social (febrero de 2021) se pronunció sobre estos límites. Desde nuestra práctica lo afirmamos con rotundidad: no puede elaborarse un Diagnóstico Social a partir de entrevistas telefónicas. La atención directa es imprescindible para diagnosticar y para diseñar el Plan de Intervención Social.
La conclusión no es renunciar a los avances tecnológicos, que han demostrado su utilidad, sino ponerlos en su sitio: conservarlos y, a la vez, priorizar la relación personal. Un valor insustituible que define la esencia del Trabajo Social.
